miércoles, 12 de septiembre de 2012
viernes, 22 de junio de 2007
Crónicas de la noche anterior - Kaliman...Por: Miguel.

Son las 3 de la mañana, la calle se abre ante mi, una pequeña gota de sudor recorre mi frente, en mi boca se secan las palabras. Poco a poco, mi andar se hace ritmo; ritmo de ciudad.
Hay un permanente hedor, personajes nocturnos, sonidos de autos, motocicletas, sonidos de pasos apresurados, de música que brota de los bares. La ciudad ruge. La ciudad huele. La ciudad me arropa, me envuelve en su clima monstruo. La ciudad me muestra su cuerpo, cuerpo de tiempo, cuerpo de asfalto, cuerpo de hambre y sudor, cuerpo de puta y de latero.
Todavía no amanecerá, a lo lejos vislumbro un pequeño bar en el cual beberé un café. Es un diminuto establecimiento de paredes grisáceas, hay cuatro mesas decoradas con manteles de plástico con figuras geométricas en colores morado y vino. En el centro de las mesas hay una pequeña jarra en forma de teta la cual hace las veces de florero. Un detalle que me llama mucho la atención, es la forma tan cuidadosa como están dispuestas las sillas y las mesas, en perfecta simetría. Hay una esmerada disposición espacial de los elementos, es increíble…
Suena una canción que logro tararear pero que aún no reconozco. Hay un personaje. Un hombre blanco de largos bigotes y de poco cabello, usa unos diminutos lentes que apenas pueden sostenerse en su larga y prominente nariz; sin darse cuenta de mi presencia, lee detenidamente un periódico mientras sostiene en su mano derecha un cigarrillo que esta apunto de quemar sus dedos. Frente a él una inmensa caja registradora de metal la cual posee unos grandes botones blancos, adheridas a esta hay calcomanías de expresidentes y tarjetas con números telefónicos; un pequeño chicle sostiene una foto autografiada, en ella aparece este personaje abrazado a quien supongo es un torero. Las paredes grises exponen unos cuadros muy arrogantes y de mal gusto, pero hay una pintura que me cautiva aún siendo de mal gusto. Puedo ver que esta hecha con mucha soltura, con un trazo muy gestual, es el retrato de una hermosa mujer, al acercarme puedo verdistinguir la firma y una dedicatoria, pero no logro identificar el autor, imagino que algún artista alguna vez ejercitó la bohemia en este bar.
Hay pocas personas. En la pequeña barra hay un hombre mayor, de piel oscura, lleva una camisa abierta que deja ver su pecho, su oreja sostiene un cigarrillo, puedo notar que ha llegado al sitio mucho antes que yo; pues está rodeado de unas inmensas botellas de cerveza a las cuales narra sus aventuras cotidianas. Al final del establecimiento hay un angosto pasillo que conduce a los retretes. Veo a una mujer de unos 60 años, la cual baila lentamente la canción que todavía no logro identificar. Lleva el cabello recogido sólo de un lado de la cabeza sujetado con una inmensa Cayena de plástico. Su apariencia es fuerte, debió haber sido una mujer muy hermosa, mi intuición me dice que es la hermosa hembra del retrato.
He cambiado de idea y he pedido una cerveza, el sitio se me hace demasiado pintoresco para asimilarlo con cafeína así que decido darle paso a la cebada. Esperaba que pasara algo, todo era demasiado teatral, había demasiado silencio, nadie se miraba, cada quien en su papel, cada quien como un objeto, como mobiliario del bar, como quien forma parte de una coreografía muy ensayada. Inmutables. Sórdidos. Solos. Perdidos en tiempo y espacio como una visión fantasmal que se repite una y otra vez. Llevo la botella a mi boca y un grito rompe el silencio, aún no entiendo quién o qué grita de esa manera. Entra al bar un pequeño hombre de un metro cincuenta centímetros aproximadamente, lleva unos grandes lentes y entre gritos y fanfarrias anuncia que ha llegado Kaliman.
En ese momento el bar se oscureció. Paró la música, la mujer de la gran Cayena de plástico dejó de moverse. Hubo un gran silencio casi reverencial y religioso, como quien anuncia la entrada de un gran iluminado o un guía espiritual. Todos miraban atentamente hacia la puerta, que era alumbrada con una linterna por el pequeño personaje. En ese momento hace su entrada un hombre muy delgado, casi cadavérico, de mirada profunda, ojos negros y saltones; una sonrisa a medias deja ver una enorme encía que a su vez sostiene unos grandes dientes. Lleva puesto un traje negro con delgadas líneas blancas, de la solapa lleva colgado un gran numero de condecoraciones de plastico, flores, chapas, pines de bancos y hasta un pequeño avioncito de ojalata.
A medida que este misterioso hombre penetra en el bar su diminuto asistente va narrando una historia. Con voz engolada y grave dice: ¡Queridas damas y respetados caballeros! ¡Que sus ojos no los engañen! Ha llegado el hijo de lo sobrenatural. Nacido en la india, en el seno una antigua casta de prestidigitadores y mentalistas, eeeesssssss… ¡Kaliman! El hijo del creador y del destructor. Hermano del fuego y de los vientos. Su cuerpo no tiene tiempo, no siente dolor ni miedo…
El relato retumba en las diminutas dimensiones del recinto y a su vez Kaliman va escupiendo grandes bocanadas de fuego. Sus ojos desorbitados desatan la locura, recorre cada rincón del bar con su boca de fuego. Ríe, gesticula. A medida que va pasando entre los asistentes les hace predicciones de su futuro, como un adivino devela sus misterios, los mira fijamente y les aconseja sobre sus supuestos males, es una suerte de gurú suburbano y puedo interpretar que usa el fuego para purificarlos.
Su recorrido dura poco y se aleja hacia la puerta. Se voltea, lanza la última bocanada de fuego y suelta algunas palabras en un idioma extraño; luego el bar queda a oscuras y en silencio. Hay un clima orgásmico, mágico, surrealista. Al encenderse las luces busco algún contacto visual con los asistentes, pero todo sigue igual, cada quien es su confinamiento, en su puesto, en su silencio. Bebo los últimos sorbos de mi cerveza, dejo un billete en la barra y me marcho un tanto confundido. Debo confesar que sentí un poco de miedo, pero no necesito respuestas, sólo necesito caminar de noche más a menudo.
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